Amagada saviesa.

19 01 2012

La recuerdo tocando como si nada. Sin darse importancia alguna. Marcaba el ritmo con el talón derecho y con el pie izquierdo (how restless her toes were!) mientras, de fondo, se oían un tambor y una gaita. Supongo que los demás pensarían que estos últimos eran las estrellas, como siempre. Pero estaba claro que la esencia la constituía ella con su instrumento de la mano.

¡Ay, su mano y su instrumento! No creo que hubiera ningún espacio físico real entre ellos. La una seguía al otro y el otro continuaba a la una. Aunque sólo ella parecía saberlo. La complicidad entre aquellos era tal que ni siquiera necesitaba mirar.

Así, dirigía siempre la mirada al frente. Como si hubiera allí un segundo horizonte tras el que el resto de los mortales acostumbra a ver. En ese, el que únicamente ella veía, iban pasando las notas de su vida, una a una, one at a time, sabiendo que, una vez comenzada, su música ya no pararía nunca.

Sin embargo, aunque su música, quizá no; su instrumento, sí. Aquella gaita y aquel tambor terminaron cuando ella lo hizo. A la exacta vez. Parecía que, si ella no tocaba, ningún otro sonido tenía sentido.

No puedo explicar la tristeza que sentí al escuchar entre el público:
- ¡Qué gran gaiteiro!
- Y ¿qué me dices del tambor?
- ¡Impresionantes los dos, vaya!

Nadie hablaba de ella, ni de su instrumento.

Su instrumento: quizá el más infravalorado de todos. El que todo el mundo cree saber tocar, pero que nadie toca en realidad. Yo pensé que era sabiduría lo que tocaba, pero ella dijo que no, que era otra cosa muy distinta, aunque igual de desconocida.

¿Cuál era, entonces, su instrumento? Era ese que da ritmo sin ser constante. Ese que da inercia sin dar velocidad. Ese que hipnotiza a todo el que lo mire sin absorber la mirada. El suyo. El de ella. El que parece guiar a la gaita y dar razón de ser al tambor. El que nadie valora por aparentemente sencillo y, a su vez, nadie sabe tocar.

Ella dijo que no. Yo sigo pensando que era sabiduría lo que tocaba.





Libritis aguda.

6 01 2012

Parece ser que este año mis queridos monarcas se lo han pasado bien en las librerías y yo igual me voy a urgencias a ver qué me dan para la libritis aguda que me ha entrado, y ¡en plena época de exámenes! ¿No había otro momento para el -itis?

Estos nuevos amigos (o juguetes, ¿verdad?), comúnmente llamados “libros”, hacen que estén cada vez más llenas las estanterías de esta mi pequeña Fnac particular, así bautizada por componerse en un 75% de libros, películas y series (el otro 25% son cosas y carpetas que guardan papeles de aparente valor -sólo aparente-). Es bonito ver cómo una estancia tan pequeña como una habitación puede albergar tanto. Vale, quizá tanto no es, pero al menos mi vida sí alberga. Y ya sabéis que la vida es corta y hemos de vivir tanto como podamos. Por esto, y dado que cada libro es una historia, llegué de niña a la conclusión de que cuanto más lees, más vives. The more books you read, the more lives you live.

Recuerdo el colegio como una época dorada en lo que a descubrimientos se refiere. Aunque lo cierto es que tampoco tenía muchos compañeros a quienes comentar esos descubrimientos. Mientras todos me hablaban de un tal Harry que les había hecho descubrir la magia, yo descubría la poesía con otro tal Gustavo Adolfo. Mientras ellos se creían magos, yo me creía una guardiana entre un centeno. Mientras ansiaban ir a Hogwarts, yo ansiaba ir al futuro a jugar con Ender.

También recuerdo la biblioteca del colegio. Ese lugar prohibido. Sí, prohibido. No sabría decir cuántas veces oí la frase “aquí no podéis estar” dentro de aquella biblioteca. Pero entrábamos. Entrábamos durante los recreos de la hora de comer. Había libros, enciclopedias, diccionarios y más libros y… un ajedrez. Jugábamos al ajedrez hasta que algún profesor errante escuchaba nuestras voces desde el pasillo, entraba y soltaba LA frase. Algún profesor que otro se unía a la partida, por supuesto, con la variante: “pero luego os vais”. Nunca entendí por qué no podíamos visitar la biblioteca, nunca entendí por qué no había un/a bibliotecario/a, nunca entendí por qué guardaban todos aquellos libros evitándoles cualquier posible consulta, nunca entendí por qué nos escondían el conocimiento ni por qué, así, nos escondían a nosotros de él.

Hoy estoy segura de que son los libros quienes me han hecho ser… lo que sea, para bien o para mal. Los libros, quienes, ante todo, me han enseñado a escuchar, pues ¿qué es leer sino “escuchar” verdades que nadie sabe que lo son? Aunque es curioso que haya sido leyendo como he aprendido a escuchar, y aún lo es más que haya sido escuchando como he aprendido a observar. Y, ¿quién sabe?, igual también han sido los libros los que me han hecho creer siempre que aquellos que no arriesgan están, sin saberlo, corriendo el riesgo de no conseguir nada.

Así, gracias a mi corazón lector,
només hi ha una cosa que em fa oblidar la por:
I know there’s so much world
de l’autre côté de la porte.

Y ¿vosotros? ¿Por qué empezasteis a leer? Y, lo más importante, ¿por qué lo seguís haciendo?








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