Sin embargo, la actividad de esta semana era con la palabra “estrés”. Por lo cual, como buenas estudiantes, hemos decidido rebelarnos y tener un rato tranquilo y bonito. Pero, para ello, era necesario hacer un viaje ferroviario un tanto más largo de lo habitual (aunqe sólo lo hagamos porque sabemos que merecerá la pena). Y, ¿cómo amenizar ese trayecto sino leyendo? Y, ¿cómo amenizar la lectura sino leyendo sobre libros?
Allá por el día 3 de enero de este año que se nos acabará pronto, me topé inesperadamente (de esto que acompañas a alguien a comprar un regalo y después la que compra eres tú) con una tal Edith Wharton que decidió escribir un ensayo de apenas 30 páginas para decirnos que la lectura es un vicio, para hablarnos de las diferencias entre el lector nato y el lector mecánico. Para el primero, la lectura es una acción refleja; “el lector nato lee de forma tan inconsciente como respira”, mientras que “el programa del lector mecánico lo determina la vox populi“. No puedo estar más de acuerdo con ella cuando dice:
La persona que lee por horas a menudo “no tiene tiempo para leer”, aprieto desconocido para el lector nato, cuya lectura constituye un flujo continuo subyacente a todas sus demás ocupaciones.
Todo esto viene a que el pasado jueves tuve de nuevo la aparición del editor de perlas que parece no existir y se llama José J. de Olañeta. Trajo otro pequeño ensayo, esta vez de Claude Roy, para definirnos el sentimiento de un amante de librerías, la maravillosa felicidad que te rodea cuando entras en una y la inevitable tristeza cuando sales, porque “el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprar libros”. Y, aunque admite preferir las librerías a las bibliotecas, con estas últimas tampoco se queda corto:
Yo venero, ciertamente, las grandes bibliotecas, arcas de Noé de la palabra, ciudadelas de la memoria, conciencia e insconsciencia del saber y de las locuras de los siglos. Cuando penetro en ellas, cedo, hablando de pronto en voz baja, a la imperiosa tranquilidad de las lámparas de trabajo verdes. Saludo a los combatientes de la investigación detrás de sus murallas de libros recomenzadas todos los días. Me abandono con placer al vértigo de los inmensos ficheros, con el abracadabra de las cifras y las letras, de las signaturas y las referencias, la magia de las fórmulas algebráicas que conducen a un volumen con tanta seguridad.
Por último, Ramón Miquel i Planas precede con su “Leyenda del librero asesino de Barcelona” al “Bibliomanía” de Flaubert. El primero, el librero asesino, no es más que un viejo obsesionado por los libros que no puede dejar de palpar los preciosos tesoros de su biblioteca y que no contemplaba la idea de vender ni uno, ya que necesita sí o sí estar rodeado por ellos:
Los había por todas partes: ¿levantaba la cabeza? ¡libros! ¿la bajaba? ¡libros también! Y a la derecha, y a la izquierda… ¡libros, siempre libros! Y, con todo eso, apenas si sabía leer.
En resumen, estas tres son pequeñas perlitas escondidas directamente dirigidas a aquellos lectores que, en secreto, saben que hay libros más allá de las listas de “los más vendidos”.
Y, ya que estamos hablando de cosas bonitas, para despedirme dejo una preciosa canción del entrañable Adam Young. Porque hay que vivir un poquito alejados de lo meramente cierto.
If we dissolve without a trace, will the real world even care?
Reality is a lovely place… but I wouldn’t want to live there.
Just a small “eargasm”: