En la cotidianidad de ciudades lejanas miro hacia el horizonte con perspectiva general. Veo una pareja sentada en una mesa, agarran sus manos suavemente como si ahora mismo fueran a ser enterrados juntos, se miran mientras sus voces sobrepasan el ruido hablando de los sentimientos de sus corazones, los cuales palpitan al son de la salsa latina. Al mismo tiempo, una chica es a la vez el centro de tres universos distintos que comparten, por un momento, el punto de mira.
¿Cuántas vidas puede haber en un mismo lugar? ¿Son todas importantes por el hecho de ser únicas o no lo suficiente como para cambiar el mundo? Si es su mundo lo importante, salvémosles a todos. Pero como no lo es, suspiremos y olvidemos el significado del todo. Y el que busque la causa de algo será compañero eterno del druida de las consecuencias ilógicas.
Mientras tanto, yo observo a un ángel bailar al son de la música terrestre. Cuando sonríe, la música se para en el planeta y, en mi cabeza, comienza a sonar esa música celestial que ahora transporta a mi mente navegando por el cielo en una nube, sólo hasta que el mástil es derribado por la tormenta de su figura y la vela es rasgada por el sonido de su voz. Lo trata de ocultar, pero yo soy más lista y aspiro a más cuando, a su lado, me siento como aquel ex convicto que se presentó con agallas ante San Pedro y le dijo: “lo hice porque Dios me obligó”. Tan poco merecedora de su presencia y aún así intentando justificarla.
¿Es la felicidad un sueño o nada más que el tacto de su cuerpo? ¿Es la belleza un mito o una realidad en su rostro?