Caminando, caminando, caminando… así es como pasan las cosas. Caminando, que es gerundio, por playas, senderos y montañas abiertas, por las ruinas de las ventanas en las que no te reflejas.
Caminas y piensas que la vida no es para tanto, yo nunca pensé que mereciera la pena preocuparse. Indirectamente, eso hace que haya cosas por las que merezca la pena vivir. Por ejemplo, volver a la rutina, a la velocidad… que todo vaya rápido, tan rápido que no sea consciente de ello, pasar por el mundo como si todo fuera casual, sentir el aire en la piel, que el pelo se me alborote porque el viento de cada paso acaba siendo exagerado, tener que ponerme abrigo porque el vértigo da frío y sentir ese vértigo porque me pierdo en sentimientos que más que nada asustan. Y después de todo… parar. Parar y valorar palabras, valorar silencios, valorar cada trayecto como único porque me mantienen en tensión como si el mundo pudiera acabar mañana, pensar que todo tiene sentido porque hago calendarios que pretendo cumplir.
Ese calendario en el que redondeo los días en los que cumpliré algún sueño, en el que marco las semanas en las que nada será lo que espere, en el que subrayo los meses que ojalá no existan y en el que hay días que simplemente tacho para que pasen de largo y yo no los vea. Mi calendario es un almanaque que se mueve solo, se van pasando las hojas al ritmo de mis pasos. Porque el movimiento se descubre caminando.