Parece ser que útlimamente estoy en racha lectora. Libro que leo, libro que me encanta. Cierto que llega tras algún que otro bache en este mi pavimento literario, pero los idiomas bien lo merecen… ¿no? Sigui com sigui, el más reciente (de la racha, no de los baches) ha sido “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery.

Vaaaaaale, fine, más de un@ estará pensando: “sí, sí, ya no hace falta que digas nada. Sabemos que te conquistó en cuanto ridiculizó la fenomenología y cuando no dejó que el señorito Guillermo de Ockham se fuera de rositas”. Ok, you’re right, pero todo eso sólo es la enésima razón por la que este libro es cuasi perfecto de tan apropiado y eso ya es otra historia.
“La elegancia del erizo” es, en realidad, una novela divertida por su sutileza y certera por su crítica. La protagoniza Renée, portera de un edificio de alto standing oseah-sahbess que se ve obligada a ocultar su extraordinario verdadero Ella ante todos. ¿Que cómo lo hace? Comportándose como una persona normal, es decir, cometiendo dequeísmos de vez en cuando y poniendo las, comas donde, duelen. Porque a Renée le irritan, desesperan, escuecen las faltas de ortografía, pero a la vez tiene que aparentar ser una portera cualquiera, una Doña Nadie para que no la juzguen, para no ser estorbada mientras ella está a lo suyo, leyendo a Tolstoy y escuchando a Mozart. Sí, y todo ello sin tener (ni necesitar en absoluto) una carrera universitaria ni título que valga (¡Qué desfachatez! ¡Habrase visto!).
Por otro lado, tenemos a Paloma, una niña de 12 años que a tan temprana edad ya ha perdido la esperanza en la humanidad por no haber encontrado en ella belleza alguna. ¿Y quién tiene la culpa de eso? La clase alta. Paloma distingue y, por tanto, repudia y aborrece la superficialidad e hipocresia dominantes en aquella. Y, dado que es dicha clase social la que gobierna este nuestro planeta… pues eso. La solución (o una de las soluciones) que encuentra Paloma es esconderse por los rincones para leer a gusto y escribir sus “pensamientos profundos”, as she calls them.
La señora Michel tiene la elengancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremedamente solitarios y terriblemente elegantes.
Curiosamente, las dos viven en el mismo edificio y no se conocen. Las dos disfrutan de la cultura japonesa, adoran la lectura, odian las altas esferas, cuidan en extremo sus gramáticas y, lo más importante, las dos son erizas. Sin embargo, viven a cinco plantas de distancia pero, claro, son erizas, lo que hace que no se hagan notar, que se concentren en pasar desapercibidas con tal de no ser juzgadas, de sentirse autodidactas en su libertad y de desarrollar su intelecto (whatever that means) al margen de banalidades forzadas y preocupaciones sin sentido.
Esa ericidad es lo que las convierte en dos de esas personas que tanto merecen la pena y que tan poco a menudo aparecen. Esas personas con las que te tomas un té únicamente por escucharlas (observarlas) hablar. De esas personas que no saben what the hell son las palabras vacías porque en su boca todas significan algo. De esas que no encuentras si buscas pero, cuando no buscas, te encuentran. Esas a las que parece imposible llegar a conocer del todo porque cuanto más conoces, más parece haber dentro.
Estamos completamente de acuerdo en que no hay muchos erizos por el mundo. Empero en la mayoría de las ocasiones tampoco es que el mundo suela mostrar demasiado interés en conocerlos (igual no le conviene…). Cuando hay un erizo rondando lugares a escondidas, hace falta que cerca haya alguien lo suficientemente valiente como para descubrirlo. Y a esto venía el post. A que necesitamos sacar todo nuestro atrevimiento (y los guantes más gordos que tengamos en casa por aquello de las espinas) y proponernos localizarlos, que haberlos, haylos y, entonces, tomemos una taza de té.
