La recuerdo tocando como si nada. Sin darse importancia alguna. Marcaba el ritmo con el talón derecho y con el pie izquierdo (how restless her toes were!) mientras, de fondo, se oían un tambor y una gaita. Supongo que los demás pensarían que estos últimos eran las estrellas, como siempre. Pero estaba claro que la esencia la constituía ella con su instrumento de la mano.
¡Ay, su mano y su instrumento! No creo que hubiera ningún espacio físico real entre ellos. La una seguía al otro y el otro continuaba a la una. Aunque sólo ella parecía saberlo. La complicidad entre aquellos era tal que ni siquiera necesitaba mirar.
Así, dirigía siempre la mirada al frente. Como si hubiera allí un segundo horizonte tras el que el resto de los mortales acostumbra a ver. En ese, el que únicamente ella veía, iban pasando las notas de su vida, una a una, one at a time, sabiendo que, una vez comenzada, su música ya no pararía nunca.
Sin embargo, aunque su música, quizá no; su instrumento, sí. Aquella gaita y aquel tambor terminaron cuando ella lo hizo. A la exacta vez. Parecía que, si ella no tocaba, ningún otro sonido tenía sentido.
No puedo explicar la tristeza que sentí al escuchar entre el público:
- ¡Qué gran gaiteiro!
- Y ¿qué me dices del tambor?
- ¡Impresionantes los dos, vaya!
Nadie hablaba de ella, ni de su instrumento.
Su instrumento: quizá el más infravalorado de todos. El que todo el mundo cree saber tocar, pero que nadie toca en realidad. Yo pensé que era sabiduría lo que tocaba, pero ella dijo que no, que era otra cosa muy distinta, aunque igual de desconocida.
¿Cuál era, entonces, su instrumento? Era ese que da ritmo sin ser constante. Ese que da inercia sin dar velocidad. Ese que hipnotiza a todo el que lo mire sin absorber la mirada. El suyo. El de ella. El que parece guiar a la gaita y dar razón de ser al tambor. El que nadie valora por aparentemente sencillo y, a su vez, nadie sabe tocar.
Ella dijo que no. Yo sigo pensando que era sabiduría lo que tocaba.



